jueves, agosto 14, 2008

¿ Qué es el arte ?

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Ilya Yefimovich Repin: Portrait of Lev Nikolayevich Tolstoy.
Oil on canvas. 124 × 88 cm. The State Tretyakov Gallery, Moscow. 1887


[ ... ] Los artistas de la Edad Media, al compartir los mismos sentimientos fundamentales y la misma religión que las masas populares, al expresar los sentimientos y los estados de ánimo que experimentaban a través de la arquitectura, la escultura, la pitura, la música, la poesía y el drama, eran artistas verdaderos, y su actividad, basada en los conceptos más elevados de aquél entonces, compartidos por todos, aunque elemental para nuestra época, era arte verdadero y común a todo el pueblo. Tal fue la situación hasta que en las capas altas, ricas y más cultivadas de la sociedad europea surgieron dudas sobre la verdad de la concepción de la vida expresada por el cristianismo eclesiástico. Cuando -despues de las cruzadas y de que los papas consolidaran y abusaran de su poder- esos representantes de las clases pudientes se familiarizaron con la sabiduría antigüa y valoraron, por un lado, la razonable claridad de las enseñanzas de los sabios antigüos, y, por otro, la falta de correspondencia entre la doctrina de la Iglesia y el mensaje de Cristo, se les hizo imposible seguir creyendo en las enseñanzas de la Iglesia.[ ... ]

[ ... ] La mayoría de los representantes de las clases altas, aunque en lo más profundo de su alma había perdido ya la fe en las enseñanzas de la Iglesia, no pudo ni quiso sumarse a ellos, ( a los partidarios de un cristianismo no eclesiastico ), porque la concepción cristiana del mundo que debería asumir, si renunciaba a la fe de la iglesia, tenía como base la fraternidad y, en consecuencia, la igualdad de los hombres, lo que se oponía a los privilegios de los que gozaban, en los que habían crecido y se habían educado y a los que estaban habituados. En lo más profundo de su alma no creían en la enseñanza de la Iglesia, que había sobrevivido a su época y ya no tenía para ellos un sentido verdadero, y, como no eran capaces de adoptar el cristianismo verdadero, los representantes de esas clases ricas y dirigentes -papas, reyes, duques y todos los poderosos de la tierra- se quedaron sin religión y sólo conservaron sus formas externas, que no abandonaron, considerándolas no sólo provechosas, sino también necesarias porque justificaban los privilegios de los que gozaban. En esencia, esos hombres no creían en nada, como los romanos cultivados de los primeros siglos de nuestra era. Y, sin embargo, eran esos hombres quienes detentaban el poder y la riqueza y quienes alentaban el arte y lo guiaban.[ ... ] Incapaces de seguir creyendo en la religión de la Iglesia, cuya mentira habían descubierto, e incapaces de adoptar la verdadera doctrina cristiana, que condenaba toda su vida, esos hombres ricos y poderosos, que habían perdido cualquier concepción religiosa de la vida, retomaron involuntariamente la visión pagana del mundo, que cifraba el sentido de la vida en el placer personal. Fue entonces cuando se produjo, entre las clases superiores, lo que se conoce como "Renacimiento de las ciencias y las artes" que, en realidad, no supuso sólo el rechazo de cualquier religión, sino tambien el reconocimiento de su superfluidad.[ ... ]

[ ... ] Una vez reconocido el placer, esto es, la belleza, como criterio de lo que es bueno, los representantes de las clases superiores de la sociedad europea recobraron la tosca concepción del arte de los antigüos griegos, condenada ya por Platón. Consecuencia directa de esa nueva actitud fue la aparición de una nueva teoría del arte.[ ... ] Hombres eruditos escriben prolijos y brumosos tratados sobre la belleza, entendida como uno de los conceptos de la trinidad estética: Belleza, Verdad y Bien, con mayúsculas, repiten filósofos, estéticos, artistas, particulares, novelistas, panfletistas, y a todos les parece que, al pronunciar esas palabras sacramentales, están hablando de algo completamente definido y sólido. En realidad, esas palabras no sólo carecen de sentido concreto, sino que nos impiden dar cualquier definición del arte existente, y sólo son necesarias para justificar el significado falso que atribuimos al arte, como algo capaz de transmitir toda clase de sentimientos, con tal que procuren placer.
[ ... ]

[ ... ] El bien es el fin eterno y supremo de nuestra vida. Cualquiera que sea nuestra concepción del bien, nuestra vida no es otra cosa que una aspiración al bien, es decir, a Dios. De hecho, el bien es un concepto fundamental, que constituye metafísicamente la esencia de nuestra conciencia, un concepto que la razón no sabría definir. [ ... ] El bien es lo que nadie puede definir, pero que sirve para definir todo lo demás. [ ... ] En cuanto a la belleza, si nos dejamos de palabrerías y hablamos simplemente de lo que entendemos, no es otra cosa que lo que nos gusta. [ ... ] El concepto de belleza no sólo no coincide con el de bien, sino que más bien se opone a él, porque el bien coincide casi siempre con una victoria sobre las pasiones, mientras la belleza es base de todas nuestras pasiones. Cuanto más nos entregamos a la belleza, más nos alejamos del bien. Ya sé que suele hablarse de una belleza moral y otra espiritual, pero eso no es más que un juego de palabras, porque bajo la belleza espiritual o moral no entendemos otra cosa que el bien. En general, la belleza espiritual o bien no sólo no coincide con lo que entendemos habitualmente por belleza, sino que es su opuesto.
[...]

La verdad no tiene nada en común con la belleza,
y la mayoría de las veces se opone a ella, porque la verdad, al revelar el engaño,
destruye la ilusión, que es la principal condición de la belleza.


[...] Cuando el arte aún no se había dividido y solo se apreciaba y se incentivaba el arte religioso, no el arte indiferente, no había flasificaciones artísticas; y si las había, no tardaban en desaparecer, al estar sometidas al juicio de todo el pueblo. Pero en cuanto se produjo esa división y los representantes de las clases pudientes empezaron a aclamar cualquier forma de arte, con tal de que proporcionara placer, y ese arte que proporcionaba placer empezó a remunerarse mejor que cualquier otra actividad pública, un gran número de personas se consagró a esa actividad, que adquirió un caracter completamente distinto del que tenía hasta entonces y se convirtió en una profesión. Y en cuanto el arte se convirtió en una profesión, la principal y más preciosa cualidad del arte, la sinceridad, se debilitó considerablemente y en parte desapareció. Ese profesionalismo es la primera condición para la difusión de un arte falso y contrahecho. [...]


[...] ... la crítica de arte - de reciente aparición-, es decir, la valoración del arte no por todos, y, sobre todo, no por hombres sencillos, sino por eruditos, esto es, individuos pervertidos y al mismo tiempo llenos de confianza en sí mismos. Un amigo mio, hablando de la relación de los críticos con los artistas, decía medio en broma lo siguiente: " los críticos son los estúpidos que deliberan sobre los inteligentes". Esa definición, aunque parcial, imprecisa y cruda, contiene una parte de verdad y es incomparablemente más justa que la que considera que los críticos "explican" las obras de arte.
Un artista, si es un artista de verdad, ha transmitido a los demás con su obra el sentimiento que ha experimentado. ¿ Qué queda, pues, por explicar? Si una obra es buena en tanto arte, el sentimiento expresado por el artista se transmite a otros hombres, independientemente de que sea moral o inmoral. Y si esos otros hombres la sienten cada uno a su modo, no hay necesidad de explicación alguna. Si la obra no transmite nada, ninguna explicación suplir ese defecto. La obra de un artista no puede explicarse. [...] Por extraño que pueda parecer, los críticos siempre han sido personas menos sensibles al contagio del arte que el común de los mortales. Son, en su mayoría, hombres de pluma ágil, instruidos e inteligentes, pero con la capacidad de sentir el arte totalmente pervertida o atrofiada. Por eso sus escritos han contribuido significativamente y siguen contribuyendo a la perversión del gusto del público que los lee y cree en ellos.[...]

Cada obra falsa alabada por los críticos
es una puerta por la que irrumpen
al punto los hipócritas del arte.


[...] Desde el momento en que el arte dejó de dirigirse a todo el pueblo y se convirtió en el arte de las clases pudientes, se convirtió en una profesión, y desde el momento en que se convirtió en una profesión, se desarrollaron métodos de enseñanza de esa profesión; las personas que elegían el arte como profesión se pusieron a estudiar esos métodos, y así fueron surgiendo las escuelas profesionales: clases de retórica y literatura, academias de pintura, conservatorios, escuelas de arte dramático. En esas escuelas se enseña arte. Pero el arte es la transmisión a otros de un sentimiento especial experimentado por el artista. ¿ Cómo puede enseñarse eso en las escuelas? Ninguna escuela puede despertar sentimientos en un hombre y aún menos enseñarle en qué consiste la esencia del arte: la manifestación de un sentimiento en la forma que le es propia y peculiar. [...]

[...] Lo único que las escuelas pueden enseñar es le medio de expresar sentimientos experimentados por otros artistas en la forma que otros artistas lo han expresado. eso es lo que enseñan las escuelas de arte; y esas enseñanzas no sólo no contribuyen a la difusión del arte verdadero, sino más bien al contrario, pues difunden las falsificaciones artísticas, que es lo que más priva a la gente de la capacidad de entender el arte verdadero.
En literatura, a jóvenes que no tienen nada que decir se les enseña a escribir composiciones de muchas páginas sobre un tema sobre el que jamás han reflexionado, y a escribirlo de modo que se asemeje a las obras de autores de celebridad reconocida. Eso es lo que se enseña en las escuelas.[...]

[...] Es totalmente imposible enseñar de una forma externa cómo encontrar esos momentos infinitamente pequeños: sólo se encuentran cuando un hombre se entrega a sus sentimientos.[...] El resultado es que no hay personas más negadas para el arte que las que han pasado por escuelas de arte profesionales y han alcanzado en ellas las mayores distinciones. Esas escuelas profesionales producen un arte hipócrita, totalmente semejante a la religiosidad hipócrita que producen las escuelas que forman pastores. De la misma manera que es imposible formar a un hombre en una escuela para que se convierta en educador religioso, es imposible hacer de un hombre un artista. Así pues, las escuelas de arte son doblemente perniciosas para el arte: en primer lugar, destruyen la capacidad de producir arte verdadero en las personas que tienen la desgracia de acudir a esas escuelas; y en segundo, propagan una cantidad enorme de ese arte falsificado que corrompe el gusto de las masas y del que nuestro mundo está lleno a rebosar.[...]

[...] En definitiva, esas tres condiciones - la profesionalidad de los artistas, la crítica y las escuelas de arte - han hecho que la mayoría de la gente de nuestro tiempo sea completamente incapaz de entender incluso qué es el arte y acepte como arte las más groseras falsificaciones.[...]

[...] Pero sobre todo es el grado de sinceridad del artista lo que determina el grado de contagio del arte. En cuanto el espectador, el oyente o el lector siente que el propio artista se contagia de su propia obra y escribe, canta o toca para sí mismo y no con la intención de influir en otros, ese estado de ánimo del artista contagia al receptor; y viceversa, en cuanto el espectador, el lector o el oyente siente que el autor escribe, canta o interpreta no para su propia satisfacción, sino para él, para el receptor, y que no siente lo que desea expresar, se produce inmediatamente una resistencia, y entonces el sentimiento más nuevo o la técnica más elaborada, lejos de producir ninguna impresión, se vuelven repulsivos. [...]

[...] ... esos entretenimientos que pasan por obras de arte, producidos en cantidades tan desorbitadas por un ejercito de artistas profesionales, permiten a los ricos de nuestro tiempo vivir una vida no sólo antinatural, sino contraria a los principios de humanidad que profesan. La vida que llevan las personas adineradas y ociosas, en especial las mujeres, apartadas de la naturaleza y de los animales, en condiciones artificiales, con músculos atrofiados o desarrollados anormalmente por la gimnasia y la energía vital debilitada, sería imposible si no fuera por lo que se llama arte, por esa diversión y entretenimiento que les permite olvidar el sinsentido de sus vidas y los salva del tedio que los atormenta. Quitadles a esas personas los teatros, los conciertos, las exposiciones, los ejercicios al piano, las romanzas y las novelas, de los que se ocupan con el convencimiento de que son actividades muy refinadas, estéticas y, por tanto, buenas; quitadles a esos mecenas del arte, que compran cuadros, patrocinan músicos y se relacionan con escritores, su papel de protectores de ese arte tan importante, y no serán capaces de seguir viviendo: perecerán todos de tedio y tristeza, abrumados por el absurdo y la amoralidad de sus vidas. Así pues, la segunda y no poco importante consecuencia de la perversión del arte es que sustenta la vida falsa de los ricos. [...]

[...] Nos imaginamos que lo sentimientos experimentados por las personas de nuestra época y de nuestra clase son muy significativos y diversos, cuando en realidad casi todos los sentimientos de los representantes de nuestro círculo se reducen a tres, bastante insignificantes y simples: el orgullo, el deseo sexual y el tedio de la vida. Esos tres sentimientos, con sus correspondientes ramificaciones, constituyen el contenido casi exclusivo del arte de las clases pudientes.[...] Antaño, cuando ese arte exclusivo de las clases superiores se separó del arte popular, el principal contenido del arte era el sentimiento de orgullo. Así sucedió durante el Renacimiento y también más tarde, cuando el elogio de los poderosos -papas, reyes y duques- se convirtió en el objetivo esencial de las obras de arte. Se componían odas, madrigales, cantatas e himnos en su honor; se pintaban retratos y se esculpían estatuas, ensalzándolos de diversas maneras. [...] En los últimos tiempos, en el arte de las clases superiores, la mayoría de las creaciones que pasan por obras de arte no son más que sucedáneos de arte, que no tienen como base la cualidad principal del arte: el sentimiento experimentado por el artista.[...]

El arte supremo es el arte de la vida.

[...] Hace tiempo que la consecuencia de esa actitud falsa hacia el arte se deja sentir en nuestra sociedad, pero en los últimos tiempos - gracias al profeta Nietzsche y sus seguidores, así como a los decadentes y estetas ingleses, que comparten sus puntos de vista- ha empezado a manifestarse con especial insolencia. Los decadentes y los estetas como Oscar Wilde eligen como tema de sus obras el rechazo a la moralidad y la alabanza de la depravación.[...] Todas las leyes, mandamientos y preceptos que enseñan no hacer a los demás lo que quieres que te hagan a tí mismo no tiene ningún sentido; lo único que vale son los bastonazos, la carcel y la espada. Un hombre verdaderamente libre no está obligado a obedecer ninguna prescripción, humana o divina. La obediencia es el signo de la degeneración; la desobediencia es la marca del héroe. Los hombres deben dejar de sentirse unidos por tradiciones inventadas por sus enemigos. El mundo entero es un resbaladizo campo de batalla. La justicia ideal consiste en que los vencidos sean explotados, torturados y despreciados. El hombre libre y valeroso puede conquistar todo el mundo. Por eso debe haber una guerra eterna por la vida, por la tierra, por el amor, por las mujeres, por el poder, por el oro.[...] Al verlos expuestos en forma de enseñanza, esos principios nos sorprenden. En realidad, son los mismos que conforman el ideal del arte que tiene por objeto la belleza. El arte de nuestras clases superiores ha inculcado en lo shombres ese ideal de superhombre - que de hecho es el viejo ideal de Nerón, Gengis Khan, Napoleón y todos sus cómplices, secuaces y aduladores - y hace cuanto puede por apuntalarlo. Esa suplantación del ideal de moralidad por el ideal de belleza, es decir, de placer, es la cuarta consecuencia ( una consecuencia terrible ) de la perversión del arte de nuestra sociedad.[...]

[...] Por terrible que sea decirlo, al arte de nuestro círculo y de nuestra época le ha sucedido lo mismo que a una mujer que vende sus encantos, destinados a la maternidad, para procurar placer a quienes son tentados por esos placeres.[...]

[...] El arte de nuestro tiempo y de nuestro círculo se ha convertido en una ramera. Y esa comparación es justa hasta en los menores detalles. De la misma manera, no está limitado por el tiempo, siempre aparece emperifollado, siempre está a la venta y es igual de atrayente y pernicioso. [...] La verdadera obra de arte se manifiesta en el alma del artista sólo rara vez, como un fruto de su vida interior, igual que un niño es concebido por su madre. Mientras haya demanda, artesanos y maestros seguirán produciendo sin parar arte falsificado. [...] El arte verdadero no necesita afeites, como la mujer de un marido enamorado. El arte falsificado, como una prostituta, siempre tiene que estar emperifollado.
La causa de la aparición del arte verdadero es la necesidad interior de expresar un sentimiento acumulado, como para una madre la causa de la concepción sexual es el amor. La causa del arte falsificado es el interés, como sucede en la prostitución.[...]

[...] La consecuencia del arte falsificado es la corrupción del hombre, la insaciabilidad de los placeres y el debilitamiento de las fuerzas espirituales del hombre.[...]

Incluso ahora, cualquier artista de verdad aprende
no en las escuelas, sino en la vida, siguiendo los ejemplos de los grandes maestros.


[...] ... escribir un poema sobre los tiempos de Cleopatra o pintar un cuadro de Nerón quemando Roma o componer una sinfonía como las de Brahms o Richard Strauss o una ópera a la manera de las de Wagner es bastante más fácil que contar una historia sencilla sin añadidos superfluos y hacerlo de tal manera que transmita el sentimiento del narrador,...[...] - Pero es imposible, con el grado de desarrollo que hemos alcanzado, volver a las formas primitivas- dirán los artistas de nuestro tiempo-. No podemos, en los tiempos que corren, escribir relatos como la historia de José o la Odisea, esculpir estatuas como la Venus de Milo o componer música como la de las canciones populares. Y, en efecto, es algo imposible para los artistas de nuestro tiempo, pero no para el artista del futuro, que no conocerá toda la depravación de los refinamientos técnicos que ocultan la ausencia de contenido, y que, al no ser un artista profesional y no obtener retribución por su actividad, sólo producirá arte cuando sienta una necesidad interior irreprimible.[...]


¿ Qué es el arte ?
1898, Lev N. Tolstói
Colección Cátedra Félix Huarte
Facultad de Filosofía y Letras.
Universidad de Navarra.
www.eunsa.es